


Dejar de mirar el móvil no es fácil
Las familias lo vemos cada día: nuestros hijos e hijas cogen el móvil “un momento” y, casi sin darse cuenta, terminan pasando largos ratos deslizando vídeos, saltando de un contenido a otro y perdiendo por completo la noción del tiempo. Es fácil interpretar ese comportamiento como una falta de límites, de voluntad o simplemente como una costumbre adquirida. Sin embargo, detrás de aplicaciones como TikTok hay una arquitectura mucho más compleja, diseñada a partir de enormes cantidades de datos sobre cómo nos comportamos, qué nos llama la atención y qué consigue que permanezcamos más tiempo conectados. Por eso, cuando hablamos de educación digital, quizá ya no sea suficiente con decir a nuestros hijos e hijas que usen menos el móvil: también necesitamos comprender cómo están construidas las herramientas que utilizan y qué mecanismos emplean para captar y retener su atención.
TikTok, como otras grandes compañías tecnológicas, cuenta con equipos dedicados específicamente a estudiar cómo usamos sus productos. En sus propias ofertas de empleo ha buscado profesionales procedentes de áreas como la Psicología y, en algunos casos, de campos relacionados con la neurociencia cognitiva, además de especialistas en experiencia de usuario, análisis de datos, estadística o diseño. Estos equipos realizan estudios con usuarios, observan patrones de comportamiento y desarrollan experimentos para comprobar cómo reaccionamos ante determinados cambios en la aplicación. Una práctica habitual en la industria tecnológica son las llamadas pruebas A/B, que consisten, de forma simplificada, en mostrar a distintos grupos dos versiones diferentes de una misma función y analizar cuál obtiene mejores resultados.
Ese resultado puede medirse de muchas maneras. A veces se busca que una función sea más fácil de utilizar, pero también puede estudiarse cuánto tiempo permanecemos conectados, con qué frecuencia volvemos a la aplicación, qué contenidos provocan más interacción o en qué momento dejamos de prestar atención. Esto no significa que exista necesariamente un departamento cuya misión declarada sea “crear adicción”, pero sí nos ayuda a entender algo importante: las aplicaciones que utilizamos no son espacios neutrales ni están diseñadas al azar. Cada decisión sobre cómo se presenta un contenido, cuándo aparece una notificación o qué ocurre después de deslizar el dedo puede ser analizada, probada y modificada a partir de nuestra respuesta.
Una de las grandes diferencias entre TikTok y otros medios que hemos conocido durante décadas es que prácticamente no tiene final. Cuando vemos una película, termina; cuando leemos un libro, llegamos a la última página; incluso en televisión existe un momento en el que acaba el programa que estamos viendo. En TikTok, en cambio, basta con deslizar el dedo para que aparezca inmediatamente otro vídeo, después otro y después otro. Es el llamado scroll infinito, una característica que elimina esos pequeños momentos de pausa en los que normalmente decidimos si queremos continuar o hacer otra cosa. No tenemos que elegir activamente el siguiente contenido: la aplicación lo hace por nosotros.
A ello se suma otro elemento fundamental: nunca sabemos exactamente qué vamos a encontrar después. Quizá el siguiente vídeo no nos interese, pero quizá sea especialmente divertido, emocionante o esté relacionado justo con aquello que nos apasiona. Esa incertidumbre puede favorecer que repitamos una y otra vez el mismo gesto, deslizando para descubrir qué viene a continuación. Desde el punto de vista psicológico, este tipo de recompensa variable resulta especialmente eficaz para mantener una conducta, porque no sabemos cuándo llegará el siguiente contenido que realmente nos interese, pero sabemos que puede estar a solo un movimiento de distancia.
El sistema de recomendación de TikTok refuerza todavía más esa dinámica. La aplicación aprende continuamente de nuestro comportamiento: qué vídeos vemos completos, cuáles abandonamos rápidamente, cuáles repetimos, cuáles compartimos o a cuáles damos “me gusta”. Con todas esas pequeñas señales va construyendo una idea cada vez más precisa de nuestros intereses y utiliza esa información para seleccionar qué contenido tiene más posibilidades de captar nuestra atención. Por eso dos personas pueden abrir TikTok al mismo tiempo y encontrarse experiencias completamente distintas. Cuanto más usamos la plataforma, más información tiene sobre nuestras preferencias y más afinada puede ser la selección de vídeos que nos ofrece.
La preocupación por este tipo de diseño ha dejado de ser únicamente una cuestión planteada por familias, docentes o especialistas en salud y educación. En febrero de 2026, la Comisión Europea presentó conclusiones preliminares dentro de una investigación sobre TikTok y habló expresamente de posibles elementos de “diseño adictivo”. Entre ellos señaló el scroll infinito, la reproducción automática, las notificaciones y el sistema de recomendación personalizado. Según el organismo europeo, la combinación de estas herramientas puede favorecer un uso prolongado y automático de la plataforma y dificultar que los usuarios controlen de forma consciente cuánto tiempo permanecen en ella. TikTok rechaza esta interpretación y defiende que ofrece distintas herramientas para controlar el tiempo de pantalla, especialmente entre menores, por lo que el procedimiento europeo continúa abierto y sus conclusiones no son todavía definitivas.
La cuestión adquiere una importancia especial cuando hablamos de infancia y adolescencia. Durante estas etapas todavía se están desarrollando capacidades relacionadas con el autocontrol, la planificación o la gestión de los impulsos, y por eso resulta poco realista trasladar toda la responsabilidad al menor. Cuando un adolescente pasa demasiado tiempo frente a una aplicación diseñada por especialistas, alimentada por enormes cantidades de datos y capaz de adaptar de forma continua los contenidos a sus intereses, no estamos simplemente ante un problema de “fuerza de voluntad”. Existe una evidente desigualdad entre la capacidad individual de un menor para regular su atención y la capacidad tecnológica de una plataforma para aprender de ella y tratar de retenerla.
Eso no significa que debamos demonizar las redes sociales. En ellas nuestros hijos e hijas pueden descubrir intereses, aprender, comunicarse, desarrollar su creatividad o encontrar espacios de participación y relación. El reto, como ocurre tantas veces en educación, está en acompañarles para que puedan utilizarlas con mayor autonomía y conciencia. Y para hacerlo necesitamos ir más allá de las recomendaciones tradicionales sobre privacidad, acoso, contenidos inapropiados o relaciones con desconocidos, todas ellas todavía imprescindibles.
La educación digital también debería ayudar a comprender cómo funciona la propia pantalla. Explicar qué es el scroll infinito, cómo trabaja un algoritmo de recomendación o por qué las notificaciones buscan recuperar nuestra atención puede dar a niños y adolescentes herramientas para relacionarse de otra manera con la tecnología. Porque enseñar a utilizar bien una red social no consiste únicamente en establecer horarios o prohibiciones. También implica ofrecer conocimientos para que puedan reconocer cuándo están tomando una decisión por sí mismos y cuándo una aplicación está intentando orientar esa decisión por ellos.
Un nuevo curso para seguir defendiendo la escuela pública
Marina Jiménez, presidenta de CODAPA
Cada septiembre volvemos a abrir las puertas de nuestros colegios e institutos con una mezcla de ilusión y preocupación. Vuelven las mochilas, los reencuentros, los nervios del primer día y las familias intentando encajar de nuevo horarios, trabajos y rutinas. Pero para quienes formamos parte de CODAPA, el comienzo de curso es también el momento de hacernos una pregunta fundamental: ¿el sistema garantiza que todos nuestros niños y niñas puedan comenzar el curso en igualdad de condiciones?.
Y la respuesta, desgraciadamente, sigue siendo que no.
Desde CODAPA llevamos años insistiendo en que la inclusión educativa no puede quedarse en una palabra bonita escrita en las leyes o repetida en los discursos. La inclusión tiene que ocurrir cada mañana, dentro de cada aula. Y para que ocurra hacen falta recursos, profesionales suficientes, estabilidad en las plantillas y centros preparados para responder a la diversidad de su alumnado.
Las familias conocemos muy bien lo que significa que esos recursos no lleguen. Significa madres y padres peleando durante meses para conseguir el apoyo que necesita su hijo. Significa profesionales que tienen que repartirse entre demasiados alumnos y alumnas. Significa docentes que quieren atender adecuadamente a todo su grupo pero que trabajan en aulas donde resulta prácticamente imposible ofrecer una atención personalizada.
Por eso, reducir las ratios sigue siendo una de nuestras grandes reivindicaciones. Una clase con menos alumnado no es un lujo. Es una herramienta para mejorar la educación, detectar dificultades antes, atender mejor a quien necesita apoyo y permitir al profesorado enseñar en mejores condiciones.
Especialmente preocupante continúa siendo la situación del alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo. No podemos hablar de una escuela inclusiva mientras haya familias que tengan que luchar cada curso para conseguir profesionales de Pedagogía Terapéutica, Audición y Lenguaje, PTIS u otros recursos imprescindibles. Las necesidades de nuestros hijos e hijas no empiezan cuando la Administración consigue cubrir una plaza. Están ahí desde el primer día de clase.
También nos preocupa profundamente el futuro de la Formación Profesional Básica Específica. Para muchos jóvenes con necesidades educativas especiales supone una oportunidad fundamental para continuar formándose, ganar autonomía y construir un proyecto de vida. Reducir estas oportunidades significa dejar a una parte del alumnado sin alternativas precisamente cuando más acompañamiento necesita.
Defender la inclusión implica también defender una escuela pública capaz de acoger a todos y a todas. Por eso creemos que los recursos públicos deben emplearse prioritariamente en fortalecer el sistema público: en sus profesionales, sus infraestructuras, sus servicios y su capacidad para garantizar una educación de calidad independientemente del barrio en el que viva una familia o de sus ingresos.
La escuela pública es, además, uno de los pocos lugares de nuestra sociedad donde convivimos desde pequeños con personas distintas a nosotros. Niños y niñas de diferentes procedencias, capacidades, culturas y situaciones económicas comparten aula, patio y experiencias. Esa diversidad no es un problema que haya que gestionar: es una riqueza que debemos proteger.
En un momento en el que vemos crecer discursos que señalan al diferente y que incluso pretenden convertir a la infancia en objeto de confrontación política, las familias tenemos también la responsabilidad de decir con claridad que nuestros colegios deben seguir siendo espacios seguros, de convivencia y de respeto. Ningún niño o niña debe ser señalado por su origen, por sus capacidades o por la situación de su familia.
Pero las familias tampoco queremos recorrer este camino solas. Necesitamos al profesorado, a los equipos directivos, a las asociaciones de madres y padres y, por supuesto, a las administraciones. La educación pública mejora cuando toda la comunidad educativa participa, dialoga y trabaja en una misma dirección.
Desde las AMPA sabemos bien la cantidad de trabajo invisible que existe detrás de cada curso escolar. Familias que dedican horas de manera voluntaria a mejorar sus centros, organizar actividades, ayudar a otras familias y defender aquello que falta. Esa participación es una de las grandes fortalezas de nuestra escuela y desde CODAPA queremos seguir impulsándola.
Comenzamos, por tanto, un nuevo curso con ilusión, pero también con mucho trabajo por delante. Estaremos donde siempre hemos estado: al lado de las familias y defendiendo una escuela pública de calidad, inclusiva, diversa y capaz de ofrecer oportunidades a cada niño y cada niña.
Porque la educación pública no consiste simplemente en abrir las puertas de los colegios cada septiembre. Consiste en garantizar que, cuando esas puertas se abren, nadie se quede fuera y nadie se quede atrás.
Ese tiene que ser nuestro compromiso para este curso.
